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domingo, 29 de mayo de 2022

Entrevista a Walter Alarcón


Walter Alarcón nació en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, el 8 de enero de 1963. Desde temprana edad comenzó a interesarse por la historieta. En la secundaria conocería a Rubén Meriggi quien casualmente estaba colaborando con Columba realizando los lápices de algunas de sus series. Años más tarde, tras haber presentado nuevos trabajos en Columba, Antonio Presa consideró la posibilidad de que Alarcón fuese asistente de Ricardo Villagrán en el estudio Nippur IV, acuerdo que culminaría al enterarse de que Alarcón conocía a Meriggi y junto a él, fundaron el estudio Drakkar II.  Alarcón realizó diversas historietas dentro de Columba, como Rodwin de las Galias, Wolf, Ciborg, Aar, Historias de mañana, unitarios de ciencia ficción, adaptaciones de libros y mucho más, contando con la posibilidad de dibujar argumentos escritos por Armando Fernández, Ricardo Ferrari, Jorge Morhain, Walter Slavich y Douglas Moore. Su trabajo en otras editoriales incluyó a Cielosur Editora, Thalos y Ediciones Record. Asimismo colaboró en la revista El Historietista de Walter Vázquez , Magma y para DC comics Argentina.

¿Cómo comenzó a interesarse por la labor de dibujante? ¿Cuáles son sus influencias o artistas admirados de todos los tiempos?

Comencé desde niño, era lector de revistas escolares: Billiken, Anteojito. Esas revistas traían dibujos e historietas. Láminas de José Luis Salinas, Bruno Premianni y muchos más. Poco tiempo después comencé con las de Editorial Novaro, las ediciones mexicanas de DC.  Las influencias llegaron más tarde. Los artistas más admirados suman docenas

¿Cómo ingresó al mundo del trabajo profesional de la historieta?

Falté al colegio y fui de visita a Editorial Columba, la editorial que publicaba “El Tony”, “Fantasía”, “D’artagñan” e “Intervalo”. Quería conocer a los dibujantes que admiraba pero no sabía que no trabajaban allí.  Me enviaron al quinto piso, allí me recibió Antonio Presa, el Director de Arte. El vio las carátulas de mis carpetas escolares y me ofreció trabajar con Enio, el dibujante de “Sam Malone”. Mi primer dibujo publicado fue un hospital en Múnich, en la serie “Gente de Blanco”. También colaboré en “A Quemarropa”, un policial ambientado en Francia. La primera medida que tomó Enio para conmigo fue retirar los amarillos y marrones de la caja de colores. “Son la calles de Múnich y Paris, Walter, no son las rocas y desiertos de 'Nippur de Lagash'”, me dijo. Yo coloreaba todas sus historietas  y él enseguida comprendió cuales eran mis lecturas. Mi paleta de colores no era compatible con sus escenarios. Ingo Elfer, un gran dibujante que también trabajaba en el estudio, no podía ocultar su sonrisa. La quita de esos colores solucionó el problema.

¿Cómo era la editorial por dentro, en cuanto a su organización de trabajo?

Puedo contarte lo que yo conocí. Ana María Lameiro era la Secretaria de Producción y quien te entregaba los guiones. También te llamaba cuando se aproximaba la fecha de entrega pues era quien organizaba las publicaciones. La secretaría estaba en el segundo piso. Allí también se ubicaban las oficinas de Ramón y Claudio Columba.


El mítico edificio de la vieja y querida Editorial Columba,
en la calle Sarmiento 1889

En el quinto piso estaban Antonio Presa y Jorge Vasallo, Director de Arte y Jefe de Redacción respectivamente. Cuando yo comencé, el diseño gráfico estaba a cargo de Ciurca, años más tarde Zambrana ocuparía su lugar. En mis inicios, Presa era quien controlaba los dibujos, tiempo después Damián y Emiliano Parmeggiani se ocuparían de esa tarea. Manuel Morini también se ocupaba de la redacción editorial.

En el tercer piso se ubicaba contaduría. Allí estaba Manuel Pérez, quien realizaba los pagos y te entregaba los cheques. Manuel, además, era un magnífico jugador de fútbol y uno de los baluartes del equipo de la editorial.

Vista completa de los pisos del edificio
en donde funcionaba Editorial Columba

El depósito de revistas estaba a más de veinte cuadras de Columba, en la calle Virrey Ceballos. En cada fecha de cobro te entregaban un ejemplar de todas las revistas editadas en el mes, y dos más si habías publicado en ellas. Quien estaba a cargo era Patricio Merlo; otro excelente jugador de futbol y patrimonio de nuestro equipo.

Reitero que es lo que yo conocí. La empresa tenía talleres de impresión, distribuidora, también intereses forestales. Sus actividades excedían lo que uno podía conocer como colaborador.

¿Qué recuerdos tiene de Antonio Presa?

Los más lindos, aprendías mucho con él e infundía respeto. A pesar de que yo era casi un niño cuando comencé, jamás me tuteó. En una fecha de entrega pidió ver mis páginas; a veces solo las hojeaba. Esa vez no. Era un capítulo de “Aar”, el personaje de Douglas Moore. En una escena, la protagonista tenía pesadillas y soñaba con monstruos y enemigos. Presa tomó el guión, vio mis dibujos y la escena no lo convenció. Borró todo el cuadro y lo bocetó él. Me pidió terminar los lápices ahí mismo. Eso sucedió en una pequeña ventanilla, la antesala de la oficina del quinto piso. Ojalá hubiera podido conservar esa página y guardar sus correcciones. Lamentablemente no pude porque era día de entrega.

¿Qué compañeros o colegas de trabajo quisiera recordar y destacar de esas épocas  en Editorial Columba?

Los recuerdo a todos, pero hubo algunos que fueron muy cercanos en la época de formación. José Massaroli y  Alberto Caliva compartían con otros dibujantes el “Estudio Géminis”; una oficina cerca de Lavalle y Pasteur. Eran muy hospitalarios y generosos, siempre había un mate para las visitas. Allí conocí a Mulko, Ramón Gil, Gaspar González y Torre Repiso, entre otros.

Walter junto a Meriggi y Jorge Vasallo en 2009

Walter junto a Carlos Vogt

Walter junto a Meriggi y Robin Wood en 2009

Walter junto a Meriggi y Ramón Columba (nieto) en 2009

También a Miguel Rep de quien fui compañero en Ediciones Record. Él era humorista, sus contactos dentro de Ediciones de la Urraca y los míos dentro de Columba hicieron posible los duelos futbolísticos  entre ambas editoriales.  Y por supuesto que a Rubén Meriggi. Fuimos más que amigos, hermanos. Una vida juntos.

Walter junto a Rubén Meriggi, en un viaje a Victoria, pero en Entre Rios
Walter junto a Rubén Meriggi, compañero de aventuras en un viaje a Victoria,
pero en la provincia de Entre Ríos

¿Había comunicación entre los distintos grupos de guionistas y dibujantes que trabajaban en la editorial? Pregunto porque a muchos lectores nos sorprende leer en tu blog que muchos se conocieron varios años después de haber trabajado para la empresa…

En el caso del post de mi blog, tuve la ocasión de presentar a José Massaroli y Miguel Ángel Verón, pues ambos son mis amigos pero no se conocían. Los dos habían publicado desde la década del setenta, reconocían mutuamente sus trabajos, pero jamás habían sido presentados. No era infrecuente. Yo no conocí a Horvart, Barreto, Muller y tantos otros.

Si conocí a Gerardo Canelo, pues una vez tuvo la gentileza de invitarme a un taxi desde el depósito de revistas hasta las oficinas de la editorial. A David Mangiarotti por intermedio de José Luis García López.  A Miguel Ángel Repetto y Francisco Pascual en la primera reunión de Columba. Y así a otros tantos.

¿Cómo surgió la idea de hacer el blog sobre Columba “De vez en cuando, conviene juntarse un rato”?

Fue un medio para difundir los relatos, experiencias y fotos de nuestros encuentros.  Uno de los primeros post  se refería a las disputas futbolísticas contra la revista Hum®. A pesar de que Ediciones de la Urraca (que editaba la revista) no perdía oportunidad para criticar las publicaciones de Columba, nada de eso se reflejaba en el campo de juego. Quizá fue así porque nunca pudieron ganarnos.


El joven equipo de fútbol de Editorial Columba
(foto gentileza del blog de José Massaroli http://jose-massaroli.blogspot.com/)

La portada y el título del blog fueron tomados de un póster de la ADA (la Asociación de Dibujantes de Argentina), con una salvedad: “Wolf”, el personaje de Jorge Zaffino, está agregado. Fue dibujado por él en original sobre el impreso. El personaje aun no existía cuando se creó el afiche. Esa versión en particular estaba colgada en Nippur IV.

Portada del blog de Walter Alarcón
http://walteralarcon.blogspot.com

¿Qué recuerdos tiene de su trabajo como ayudante de Rubén Meriggi?

No fui su ayudante, tampoco lo asistí. Jamás dibujé una sola línea sobre alguna de sus páginas. Los recuerdos de cuando trabajábamos juntos son muy muy felices. Él era un apasionado de la historieta. La difundía en cada evento que participaba u organizaba. Solo tenía palabras de aliento para aquellos que deseaban ingresar al medio.

Luego de entregar nuestra primera historieta juntos, decidimos fundar un estudio. Lo llamamos “Drakkar II”. Drakar por los navíos de los vikingos que dibujábamos, y dos por el número de integrantes. También como un homenaje al estudio “Nippur IV”.   

Emblema del Estudio Drakkar II

¿Cómo era un día de trabajo en el estudio, en dónde estaba ubicado?

El estudio estaba ubicado en Victoria, San Fernando. Empezábamos por la mañana, hacíamos una pausa a mediodía y trabajábamos hasta las cinco o seis de la tarde. Cada uno con su propio guión. Compartíamos el material de archivo y la documentación. Nos acompañaban los ladridos de Lucas, su perro. Rubén usaría tiempo después ese nombre como seudónimo y lo confundirían con Lucas, el creador de “Cazador”. Pasábamos el día escuchando a Pink Floyd, Supertramp, Genesis, Kayak, Queen…

Walter junto a Rubén Meriggi, en la puerta de entrada al edificio de Editorial Columba,
recordando viejas épocas, luego de un partido de fútbol

¿Cómo era la organización del trabajo junto a Rubén Meriggi? ¿Cuáles fueron los personajes que dibujaron juntos?

Mi relación de trabajo era con la editorial. Columba me daba el guión y una fecha de entrega. Yo lo terminaba, lo entregaba junto una factura con la siguiente frase: “Por la venta del siguiente material gráfico en original que queda en propiedad del editor: 11 páginas de la historieta Wolf, 'Excalibur y la dama del Lago'”, por ejemplo.  Días después Rubén lo retiraba para entintarlo. Dibujamos juntos “Wolf”, “Rodwin de las Galias”, “Ciborg”, “Aar”, “Historias del mañana”, y muchísimos unitarios.

¿Recuerda el motivo por el cual le es entregada para ilustrar la serie Wolf a Rubén Meriggi o bajo qué situación? ¿Qué aportes tuvo Ud. en dicha serie?

Cuando llegué a su estudio él ya estaba dibujando la serie. Me contó que ya no quería dibujar policiales. Durante años había dibujado “David Coates”, un policial que salía en D’artagñan. Lo hacía en el estilo de Lito Fernández.  Rubén era un admirador de Jack Kirby, John Buscema y Joe Kubert y quería hacer algo en ese estilo.  Hizo una muestras al estilo temprano de Zaffino (los primeros capítulos de Wolf) y Antonio Presa las aceptó. Así fue como le dieron “Rodwin de las Galias” primero, y “Wolf” después.  No creo que mis aportes a la serie hayan sido significativos.

¿Qué recuerdos y qué opinión tiene sobre la historia del personaje?

Yo estaba a la espera del regreso de Jorge Zaffino luego de su paso por el servicio militar. Reapareció con “Wolf”. Sus páginas eran más climáticas que su obra anterior, estaba creando un nuevo estilo. La historia del personaje era fantástica, yo era lector y aguardaba expectante cada nuevo capítulo.

Lamento mucho la pérdida reciente de Robin Wood. Él fue el creador de “Wolf” y de los personajes más admirados de la editorial. Yo crecí con “Nippur”, “Savarese”, “Mi Novia y Yo”, “Jackaroe”, entre tantos otros. Fue el escritor más talentoso que tuve la suerte de conocer.

Walter junto a Robin Wood en 2009

¿Conoció personalmente a Jorge Zaffino?  ¿Qué opiniones tiene de él como dibujante? ¿Qué obras admira?

Sí. Lo conocí en los ascensores de Columba en un día de entrega. Creo que fue la aparición más relevante en su generación. Estaba a la altura de los grandes maestros. Admiro toda su obra, era un artista en constante evolución. Fue muy penoso que partiera tan joven.

En esos ascensores también conocí a Ricardo Villagrán. Él siempre estaba yendo o volviendo de New York, con esos chalecos inflables y una gorra de los New York Yankees. Le tenía mucho respeto, no me animaba ni a saludarlo. Con el paso de los años nos volvimos grandes amigos.

Walter junto a Ricardo Villagrán

La serie Wolf se cierra en el episodio 71 “El final de sangre”, un capítulo épico, pero inmediatamente la editorial la continua, y se nota su estilo en  la sagas siguientes…  ¿Qué sucedió, Ud. iba a tomar los lápices del personaje?

Son decisiones que tomaban Jorge Vasallo (Jefe de Redacción) y Antonio Presa (Director de Arte). Yo simplemente agradecí cuando me dieron el primer guión para continuar la serie pues, como te dije, era lector del personaje.

Wolf, episodio 71, un final épico
 para una gran saga, que luego continuaría

Página del primer episodio de Wolf acreditado a Walter Alarcón,
publicado en la revista Fantasía en Marzo de 1985

Walter junto a Armando Fernández y Rubén Meriggi,
un trío fundamental en una de las mejores sagas de Wolf

En cuanto a esas decisiones, un buen ejemplo es el unitario publicado bajo el título “El sacrificio de Leinin”. Este es quizá, el mejor capítulo dibujado por Zaffino. Sin embargo, fue eliminado de la serie y publicado en dos unitarios. La evolución gráfica de Zaffino era de tal magnitud que la editorial temió que no se reconociera a los personajes.

Página presentación de "El sacrificio de Leinin",
el episodio descartado de Wolf dibujado por Jorge Zaffino

¿Por qué no fueron acreditados de forma correcta algunos de sus lápices en la serie Wolf? ¿Hubo otras series dibujadas por Ud. que no fueron acreditadas en las revistas?

Todas estaban acreditadas, a excepción de dos o tres capítulos cuyos guiones estaban destinados a Rubén. Por alguna razón él no podía concluirlas (fechas de entrega de “Crazy Jack“, creo recordar) y dibujé los lápices sin darle aviso la editorial. En el episodio “El camino de los fantasmas”, por ejemplo, dibujé todas las páginas excepto la uno, la tres, y la última. No sé las razones por las cuales no se acreditaron las mismas historietas en las reediciones de años posteriores. Esa época fue un caos, fueron republicadas luego de mi partida y bajo otra administración.

Episodio "La maldición de Morgana", por Meriggi-Alarcón

Página del episodio "El camino de los fantasmas",
con lápices no acreditados de Walter Alarcón

También hubo una miniserie de tres capítulos de ciencia ficción, adaptación de un libro, que tampoco fue acreditada. Eso fue lo último que dibujé para Columba. De cualquier modo no es relevante, solía suceder, y el trabajo me fue pagado.

¿Por qué tuvo que dejar de dibujar? ¿Y cuándo retoma su labor como dibujante en Columba?

En aquella época de “Wolf” mi matrimonio estaba en ruinas. Todo culminó en un divorcio y quedé solo con un bebé de seis meses. Ante esa responsabilidad preferí retirarme. Cuando mi hijo tuvo la suficiente independencia, volví. Presa estaba al tanto y me tuvo una enorme paciencia. Fui padre soltero por casi siete años

¿Qué recuerdos tiene de Armando Fernández? ¿Cómo era la forma de trabajo utilizada por él? ¿Se conversaba previamente o solamente había indicaciones para con los dibujantes?

Fue muy generoso conmigo. En un momento la necesidad de guiones era apremiante y él siempre halló un espacio para escribir para mí. Sus guiones eran tan claros que no había necesidad de conversarlo. Si había alguna duda, lo llamaba por teléfono.

Walter junto a Armando Fernández en 2009

¿Cómo tomó personalmente el declive y el posterior cierre de Editorial Columba?

Yo ya no estaba allí, pero era evidente que las revistas buscaban un cambio. Desafortunadamente esos cambios fueron bruscos y las revistas, al menos para mi gusto, perdieron identidad. Luego supe que Ramón Columba había vendido sus acciones a su primo, Claudio Columba. Este dejó la dirección de las revistas en manos de quienes no estaban capacitados. Las ventas cayeron a pique y setenta años de historia se hicieron trizas.

¿Cómo fueron sus comienzos dibujando en el estudio de los hermanos Villagrán?

Yo llegué al estudio años después de haber trabajado en Columba. Enrique Villagrán era representante de dibujantes argentinos en el exterior y yo quería volver a la actividad. Había dejado de dibujar por más de una década, olvidando el oficio y estaba desactualizado. Pasé dos o tres temporadas allí.

Walter, junto a Rubén Meriggi y Villagrán en Animate

Reunión de dibujantes, junto a José García López,
Ricardo Villagrán y Rubén Meriggi en 2013

¿Qué recuerdos tiene de Enrique Villagrán?

Muchos. Algunos mañanas de invierno, solos en su estudio. Mi tablero frente al de él, dibujando u hojeando revistas. Muchas fotos que circulan de él las tomé yo, en aquellas mañanas. Teníamos largas charlas, yo lo apreciaba y admiraba mucho.

Enrique Villagrán en su estudio
(Foto original de Walter Alarcón)

Pasábamos grandes momentos en las despedidas de fin de año, los Villagrán eran excelentes anfitriones. Enrique había dibujado un capítulo de Superman y la editorial DC lo había obsequiado con una capa del personaje. En una despedida se la puso y fue muy divertido. Debimos haber tomado más fotos.

Enrique Villagrán, en otra imagen de su estudio
(Foto original de Walter Alarcón)

Pasé su último cumpleaños en su casa, ya no estaba bien de salud. Meses después falleció. Lo acompañé en su sepelio y fue un día muy triste. Prefiero recordarlo con los buenos momentos vividos en el estudio.

¿Cómo era él como docente?

Él estaba al tanto de todas las tendencias, de todos los nuevos autores, de todas las publicaciones. Trataba de encajar tu estilo, o mejor dicho tus capacidades, del modo que pudiera representarte con éxito. Te sugería y te hacía comprender por vos mismo cual era el mejor camino.

¿Puede comentar alguna técnica específica de trabajo?

Quien estaba a cargo de las técnicas, la proporción, el emblocamiento, la perspectiva, la luz (los aspectos formales del dibujo) era Carlos Villagrán. Carlos era riguroso pero también muy divertido y amable.

Walter dibujando junto a Ricardo Villagrán,
en la Expo Pradere 2009

Una de sus frases célebres cuando miraba una figura o un personaje mal dibujado, mal construido o fuera de perspectiva era: “Pobrecito, ¿qué le pasó?”

Walter junto a Carlos Villagrán

¿Qué puede contar de su labor periodística sobre el mundo de la historieta?

“Labor periodística” es una frase que me queda grande. Como te dije, yo me había retirado de la profesión pero estaba al corriente de lo que sucedía pues leía revistas especializadas. Jamás encontré notas o reportajes a autores como Carlos Roume, Magallanes, Ernesto García, Arturo del Castillo, José Luis Salinas, Alberto Salinas, Carlos Vogt, Jorge Moliterni o tantos otros. Cada uno de ellos tenía una vida dedicada a la profesión y yo estaba seguro que tendrían mucho para contar y un gran conocimiento para transmitir. Entendía que no eran autores de moda pero no importaba, pues el conocimiento es atemporal.

En aquellos días (fines de los noventa) me acerqué a una comiquería ubicada al lado de donde estaban las oficinas de García Ferré, en la calle Corrientes. Era quizá la librería especializada más importante de país; en la entrada tenía una figura imponente de Batman en tamaño real.  Quería comprar  unos títulos dibujados por García López pero me respondieron: “¿quién?” Llamaron a un vendedor, luego a otro, y luego a un tercero. No sabían de quien les estaba hablando. Si en ese lugar no conocían a un autor formado en nuestro país y que se había convertido en el emblema de DC Comics, el hogar de Batman ¿que se podía esperar del resto?

Fue así que me propuse difundir  a los artistas que admiraba. Comencé con “El hombre de la mancha”, la vida y la obra de Jorge Zaffino. Lo escribí pocos días después de su fallecimiento, todavía estaba muy conmovido por su partida.

Por increíble que parezca, ningún medio se había hecho eco de su obra. Desde sus dieciséis años había desarrollado una carrera con picos altísimos, iniciando y abandonando estilos a su paso,  pero para los medios no existía.  “Fierro” le había realizado una entrevista, pero solo como consecuencia de haber dibujado “Punisher”. No había mención a obras como”, “Nippur de Lagash”, “En la línea”, o “Troels”, “El sacrificio de Lenin”, todos trabajos magníficos. Pero claro, habían sido publicados en Columba.

Al cabo, escribí varias notas de los autores en “El Historietista” y tuve a cargo la redacción de la misma. El perfil de notas y reportajes que buscábamos con Walter Vázquez, el editor, era rescatar a los artistas ausentes en los medios.



En la editorial Thalos realicé una labor similar. Escribí una serie de notas titulada “Historias de Gigantes” para revista Magma. Allí pude difundir la obra de José Luis y Alberto Salinas, Juan Zanotto y otros. Desafortunadamente Magma cerró y quedaron varias inéditas.

Y finalmente pude entrevistar a García López. El reportaje se publicó en DC Comics Argentina.

¿Qué opinión tiene de José Luis García López? ¿Lo conoce personalmente? ¿Qué obras admira?

Opinión no. Admiración. Creo que es como un gran director de cine. Quiero decir, cuando leo sus historietas logra sumergirme en su mundo y olvido que estoy leyendo.  Los personajes, la escenografía, la ambientación, la narrativa; todo está al servicio de la historia. Crea un lenguaje en conjunto con el guión. Eso es algo muy difícil de lograr. Luego, cuando dejo de leer y vuelvo a sus dibujos, me deja sin habla. Batman, “Reing Of Terror”, está entre mis historietas preferidas de todos los tiempos. Más allá de ese título, admiro toda su obra. Y sí, lo conozco personalmente.


Walter junto a José García López

¿Es cierto que es fan del rock internacional y que ha entrevistado a algunas figuras muy conocidas?

Quizá “fan” no sea la palabra adecuada. Me gusta mucho la música, crecí con Los Beatles, Genesis, Yes, Supertramp… En 1998, Roger Hodgson, uno de los dos líderes de Supertramp vino por primera vez a la Argentina. Tuve la oportunidad de conocerlo y tener una charla con él en el backstage. Supertramp es probablemente mi banda preferida de todos los tiempos. Desde aquel año, cada vez que Hodgson visitó nuestro país (cuatro o cinco veces) me invitó a los camarines.

En una de esas oportunidades, en el teatro Gran Rex, Hodgson tenía pautada una entrevista con un camarógrafo amigo: Horacio Martínez. Me invitaron a entrevistarlo y todo iba sobre ruedas hasta que Hodgson me pidió que me ubicara frente a cámaras, a su lado. La emoción pudo más y se me hizo una laguna del tamaño del Amazonas. Horacio Martínez salvó la situación con su profesionalismo y trabajo de edición.

Lo más lindo que lograron estos encuentros fue la posibilidad de conocer amigos alrededor del globo. Howard Heckers, ingeniero de sonido y productor  de Hodgson (trabajó con Liza Minelli, Peter Frampton, Ray Charles y Randy Newman, entre otros) visitó nuestro país y compartimos cenas y almuerzos juntos. Es un buen amigo. Y así tantos otros.

¿Qué significaron las reuniones de personal y colegas de Editorial Columba que empezaron a realizarse a partir de 2009?

Fue muy emotivo, sobre todo la primera y la segunda reunión, cuando Ramón Columba (H), aún estaba entre nosotros. Fue sorprendente recibir su llamado telefónico pues te invitaba personalmente. Luego, ver a todos los dibujantes, guionistas y personal de la editorial reunidos después de tanto tiempo fue muy grato. Ramón Columba (nieto) hizo un gran esfuerzo para que esas reuniones fueran posibles. Ya estamos en conversaciones para planificar la próxima. 

El staff de Editorial Columbra, en la reunión anual del año 2009

¿Qué siente cuando pasa por la zona en donde estaba ubicada la editorial? ¿Volvió alguna vez a ese mítico edificio?

Viví en esa zona desde la adolescencia hasta entrados los treinta años de edad. Bartolomé Mitre entre Riobamba y Ayacucho, a dos cuadras. Fue mi barrio durante mucho tiempo.

Volví al edificio hace un par de semanas, pero fue fortuito. Durante la pandemia, mi esposa cursó una especialidad on line y me pidió que la acompañara a buscar el título. Grande fue mi sorpresa al enterarme que el curso se dictaba desde allí: Sarmiento 1889.

Walter en el año 2021, en la puerta de ingreso a las oficinas,
dentro del edificio en donde funcionaba la mítica y querida Editorial Columba

Recorrí los pasillos, los ascensores, las escaleras. La sensación fue ambigua, todo estaba allí y sin embargo no quedaba nada. Faltaban las voces, los pasos, los apuros de las fechas de cierre. Como dijo una amiga cuando vio las fotos: “un lugar lleno de ausencias”.

Una de las puertas de entrada a las oficinas de Editorial Columba
(Foto original de Walter Alarcón)

Los míticos ascensores del edificio
donde funcionaba Editorial Columba

Palier de uno de los pisos del edificio de Sarmiento 1889

¿Qué opinión le merece el revisionismo y el rescate que se ha hecho de Columba en los últimos 15 años? ¿Qué siente cuando los lectores le preguntan sobre esas épocas de trabajo en Columba?

Creo que los personajes han superado la prueba del tiempo. Que las historias han dejado huella en miles de lectores. Que muchos maestros han hecho escuela con sus dibujos y que setenta años de historia no han sido en vano.

Yo respondo hasta donde sé, pero hay docenas de artistas, dibujantes y guionistas que hay que entrevistar antes que sea tarde. Ellos son los Maestros.

Quisiera agradecer a aquellos lectores que se han tomado el trabajo de escanear y difundir las obras de la editorial.  Es grato observar su apoyo y cariño a Columba luego de tantos años. Tengo contacto con ellos a través de las redes sociales y han rescatado obras que se creían en el olvido. Eso es muy valioso.        


 

domingo, 13 de junio de 2021

Reportaje a Armando Fernández

Conocí a Armando Fernández alrededor de 1997, mediante correspondencia, ya que durante ese año había enviado a Editorial Columba una carta para felicitar al Sr. “Gonzalo Bravo” (yo ignoraba en ese momento todo el sistema de seudónimos de la editorial), motivo por el cual él muy amablemente me respondió, y envió gentilmente por sobre cerrado una fotocopia del único episodio que me faltaba para completar la colección de mi personaje favorito (obviamente Wolf). Al año siguiente concertamos un encuentro en Fantabaires ´98, que se realizó en el predio de La Rural. Charlamos mucho sobre sus personajes y la historia de la editorial, y me puso al tanto de la actualidad de los guionistas y dibujantes de Columba (yo era un adolescente que estaba al margen de todo el mundillo de la historieta, en esa época no había internet ni redes sociales, y era muy difícil obtener información). Recuerdo que Armando fue acompañado de su hija, Rocío, y había llevado para mostrarme, prolijamente encuadernados, todos los capítulos de “El Sobreviviente”, otro personaje que me gustaba mucho. Ese fue mi segundo contacto con alguien de Columba, el anterior había sido en Fantabaires `97 (el que se realizó en las Galerías Pacifico), con el también muy amable Gerardo Canelo. El primer día en Fantabaires ´98, tuve la suerte de que Armando se encontraría con Robin Wood en persona, y de yapa ligué sentarme en una mesa a tomar una cerveza con la leyenda viviente de Robin. Así que ahí estaba yo, como “el chiquilín que miraba de afuera” del conocido tango, casi mudo, mientras Robin y el querido Armando conversaban…. Al otro día, Armando tuvo la gentileza de obsequiarme una pintura a la acuarela del recordado Jorge Zaffino (enmarcada por el propio Armando) en reconocimiento a mi fanatismo por el personaje que homenajea este humilde blog. Conservo ese cuadro como un pequeño tesoro, del que más abajo, al final de la nota, dejo una pequeña muestra. Luego con el correr de los años, el contacto siguió por email, pero quedará por siempre el recuerdo de ese encuentro en Fantabaires. Por eso, en el aniversario de su partida física, quise homenajearlo reproduciendo una excelente entrevista, quizás la última que dio Armando, gentileza de la Revista Kamandi, y de su autor, Mariano García Brangeri. Espero que les guste…

REPORTAJE A ARMANDO FERNÁNDEZ

Por Mariano García Brangeri

Armando Fernández (1945-2019, Buenos Aires) trabajó durante 35 años en la Editorial Columba, donde escribió miles de guiones de historietas. Produjo bajo variedad de seudónimos, para diversidad de públicos, en distintos géneros y estilos (desde la fantasía heroica al romance, todo lo que hay en el medio). Continuó su carrera como guionista publicando en el mercado italiano, para Eura Editoriale. Es también autor de una extensa lista de otras historietas, novelas, cuentos, poemas y trabajos periodísticos. Para Columba creó decenas de series, entre ellas: Kabul de Bengala, El Hitita, Argón, el Justiciero, Ciborg y Dyinn. Otras series importantes de la editorial que contaron regularmente con su pluma fueron Wolf, Mark, Or-Grund y Helena. Escribió episodios sueltos de Nippur de Lagash, Gilgamesh el Inmortal, Savarese y Dax.  Ha trabajado junto a dibujantes como Horacio Altuna, Enrique Villagrán, Rubén Meriggi, Sergio Mulko, Jorge Zaffino, Ricardo Villagrán, Ernesto García Seijas, Domingo Mandrafina, Rubén Marchionne, entre otros. Recientemente publicó La Guarida del Gusano Blanco (con Sergio Ibáñez, Comic.ar), Lucho Inédito (una colección de unitarios dibujados por Lucho Olivera, D+I Ediciones) y un ensayo autobiográfico bajo el título Memorias de un Guionista, Escritor y Periodista (2016, Ediciones Argentinidad). Éste último, un testimonio valioso de un período en el que la historieta argentina era masiva, popular y funcionaba como industria cultural.

MB – Memorias de un guionista, ¿es una reacción a un discurso o relato en particular que circula dentro del campo de la historia de la historieta argentina?

AF – ¿Cuál sería ese discurso?

MB – El que va desde Trillo y Saccomanno en adelante, según el cual Editorial Columba y buena parte de sus autores ocuparían una escala menor en la historieta, definidos como ideológica y estéticamente reaccionarios. Mi pregunta apunta a saber si hubo una necesidad programática por escribir este ensayo autobiográfico.

AF – No. Yo siempre digo que lo que verdaderamente importa no es la opinión de algún crítico, sino la del público. Y ya sabemos cómo vendía Columba. La opinión de millones de lectores me parece que vale más que la de dos personas. Te cuento una pequeña anécdota: un día yo estaba en Columba y viene [el editor, Antonio] Presa, que era uno de los directivos de Columba…

MB – Rubal.

AF – Firmaba como Rubal, sí. Era un genio, llegó a dibujar alguna historieta mía. Yo creo que si lo hubieran dejado seguir, Columba todavía existiría. Me dijo: “Mire Armando, aquí hay un muchacho que quiere escribir. Escribe bien, pero no sabe cómo diagramar un guion, ¿Lo puede ayudar?”. Fuimos a la vuelta de la esquina, y le expliqué con un lápiz y un papel cómo se escribe un guion. Ese señor era Guillermo Saccomanno. Nunca tuve ningún problema con él. Cada uno piensa como quiere.

MB – A mí me sorprende que haya quedado instalada la idea de que ese libro fundó el discurso y el canon oficiales. Cuando en realidad tuvo una circulación acotada, fue editado por Récord…

AF – Inauguraron una tendencia…

MB – Cuando yo lo leí, esperaba encontrar un discurso más virulento. Creo que la operación fue más de omisión que de desprecio…

AF – El famoso ninguneo, sí. Cuando no hablás de algo, eso no existe. El único problema es que Columba fue la editorial de historieta más grande de América Latina y probablemente del mundo. Y yo creo que no existe ninguna en el mundo que haya durado 72 años de publicación ininterrumpida.

MB – Está DC Comics.

AF – Bueno, pero es un hito mundial.

MB – Sobre todo en una economía periférica.

AF – Entonces, ¿Cómo vas a negar u omitir eso? Ahí está el Sol. Andá y tapalo con las manos, si podés… No podés, es simple.

MB – Memorias de un guionista, si no me equivoco, es el primer libro escrito sobre un guionista de historieta argentina que no sea Oesterheld. Sin embargo, hay mayor cantidad de material escrito sobre dibujantes. ¿Cree que eso es un síntoma de algo?

AF – Si existe ese libro, yo tampoco lo conozco. Hace poco inicié una campaña en redes sociales para que el Día del Guionista sea el 9 de julio. Es la fecha de nacimiento de Julio Alfredo Grassi, decano de los guionistas. Tiene 91 años y todavía escribe para Italia. Algunos me objetaron que el homenajeado debería ser Oesterheld. Yo nací en la historieta con Oesterheld. De hecho, tengo el orgullo de que haya continuado tres series que yo había iniciado en Columba.

MB – Kabul de Bengala, Tres x la Ley y…

AF – Argón el Justiciero.

MB – La que dibujaba Enrique Villagrán.

AF – Sí. A Kabul, [Horacio] Altuna; y Tres x La Ley, [Rubén] Marchionne. Yo me acuerdo cuando un día llegué a Columba y estaba Oesterheld. Presa me había citado y no había dicho por qué. Si sabía, llevaba una cámara para sacarme una foto. Yo no lo conocía físicamente, pero admiraba su obra. Tengo toda la colección completa de Hora Cero Semanal encuadernada en cinco tomos. Pero yo considero que Oesterheld, al margen de su tragedia personal (que tuvo que ver con la desgraciada época que hemos vivido y no con la historieta), ya tuvo todos los homenajes posibles. Y acá pareciera que los únicos guionistas fueron Oesterheld, Robin Wood y nadie más. No es así. Columba publicaba cerca de tres mil trabajos por año. Éramos diez tipos. Por cada guionista, había veinte o treinta dibujantes. En la historia de la historieta argentina… no hubo más de treinta guionistas (profesionales, que hicieron carrera). Vos podés tener la imprenta, el editor, el dibujante, el colorista, el diagramador… pero no tenés el guion y te falta la piedra basal. ¿Qué quiere decir eso? Que salvo los dos o tres grandes, los demás somos los grandes olvidados.

MB – ¿Cuál sería la causa de ese olvido?

AF – Es muy fácil. La historieta te entra por los ojos, es una imagen. Te ponés a leer y te olvidás de que lo estás leyendo, la ves. Ves a ese Nippur, a ese Argón, tan bien hechos. Pero estás leyendo una historia, que si no hubiese existido, ese Argón sería solamente un muñequito dibujado.

MB – ¿Un problema de percepción, más que social?

AF – Hay una omisión…

MB – A lo que voy es si cree que tiene que ver con esa idea que circula, ese sentido común de que la historieta es un género menor…

AF – No lo es en absoluto. En la época de Columba fue un género popular que fomentaba la lectura (cosa que hoy no ocurre). Muchos chicos iban a la escuela y ya sabían leer, por la historieta. Se enseñaba historia, geografía… de forma rudimentaria, pero la gente sabía lo que era un griego, un sumerio, un hitita. En estas historietas históricas que estoy haciendo ahora, profundizo mucho más. Me gustan los héroes, nuestros héroes. Nunca me gustaron los superhéroes. Un superhéroe es un tipo invencible, y a mí me gustan los seres humanos.

MB – En su libro lo menciona a Stan Lee como uno de los autores que leía. ¿A pesar de que no enganchó con el género, se sintió influenciado por ese material?

AF – Yo leía todo. Si te dijera que no leí El Hombre Araña, sería de otro mundo. De hecho, para mí el personaje más grande que crearon los norteamericanos fue El Fantasma [The Phantom], de Lee Falk. ¿Por qué? Porque es posible. Puede morir, le puede pasar cualquier cosa. Y el otro es Batman. Superman no me convence, un tipo que tiene todo ese poder no necesita de una capa para salir volando. Es una idea muy de época. Pero también me gustan las fantasías que tienen su cuota de misterio. Me gusta esa película, Scanners (David Cronenberg, 1981). Son telépatas y, de alguna manera, superhéroes. Pero son mortales.

MB – ¿Usted no escribió Gilgamesh, el Inmortal?

AF – Sí, sólo hay tres series, de las que creó Robin, que nunca toqué: Mi Novia y Yo, Pepe Sánchez y Dago. Soy el que tomó el noventa por ciento de las series de Robin cuando se fue. De Aquí la Legión, Robin escribió menos de sesenta capítulos. Yo escribí ciento cuarenta. Lo mismo pasó con Los Aventureros, que escribió ochenta o noventa, yo escribí ciento cincuenta. De Wolf, Robin escribió quince o dieciocho capítulos. Yo la terminé en el capítulo ciento veinte. Después escribí episodios de Helena… Éramos pocos. De Columba se podía ir algún dibujante, pero que se vaya un guionista era una catástrofe. ¿Quién tapaba todo eso? Una vez Presa me dijo: “Armando estamos cortos de material… si usted me escribe treinta guiones en este mes, se los pagamos el triple”. Lo volví a ver tres días antes de terminado el mes y me dice: “¿Por qué guion vas?”. Le respondí: “Por el número cuarenta y dos” “¡Pero faltan tres días!”. ¡Se quería morir! Me los pagaron y todo, no tuvieron problema, igual el siguiente mes tuve que bajar las pilas… Mucha gente cree que todo lo que está firmado como “Robin Wood”, lo escribió Robin. No es así y te explico por qué: él tenía diez o doce series, había que hacer dos capítulos de cada una por mes, porque las revistas eran quincenales. ¡El tipo tenía que hacer veinticuatro episodios! Lo podía hacer un mes, dos meses, al tercero estaba en un neuropsiquiátrico. Y la editorial necesitaba que eso siguiera saliendo.

MB – ¿Usted le pasaba un storyline, una punta, un guión acotado y él lo terminaba?

AF – Él le daba su estilo, que era distinto al mío. Él a mí me decía dos cosas: primero, que me hacía ganar mucha plata (los guiones que yo hacía para él, me los pagaban mucho más que los míos); y lo segundo, que a él le encantaba que yo no me preocupara por resaltar mi estilo, como otros guionistas, que los fue descartando. A mí me decía: “Vos no gastás en hacer una frase linda, me pasás el armazón”.

Robin Wood junto a Armando Fernández

MB – Tenían que resignar la posibilidad de hacer una obra personal o de autor, a favor del estilo de la casa.

AF – A mí no me interesaba eso, tenía laburo por todos lados. Yo hacía mis cosas de autor, por otro lado. En eso la tuve muy clara. Yo no tenía que venderles mi estilo. Aparte de eso, tenía otro laburo, un taller de marcos para cuadros.

MB – ¿Hacía los dos trabajos en forma simultánea?

AF – Lo tuve durante treinta y cinco años. Trabajaba desde las ocho de la mañana a las seis de la tarde en el taller. A veces, a las diez de la noche me llamaba Presa a mi casa: “Armando, para mañana a las seis de la mañana necesito un episodio de Helena, Robin no lo entregó”. Me lavaba la cara, tomaba café mientras la familia dormía… y a las seis lo tenía.

MB – Y si su único ingreso hubiese sido el del trabajo de guionista, ¿Podría haber vivido bien en esa época? ¿O hubiese tenido que complementar con otro trabajo?

AF – Yo tenía un retiro mensual en el negocio de cuadros de mil pesos por mes, cuarenta años atrás, en el dinero de esa época, era un vagón de plata. Con eso yo pagaba mis cuentas, mantenía a mi familia, mandaba a mis chicos al colegio. En Columba, ganaba tres mil quinientos por mes. Compré tres casas.

MB – Podría haber vivido de rentas…

AF – Pero esto me encantaba. Y ellos, cualquier problema que tenían con la producción, me llamaban a mí. Nunca dejé a ningún dibujante sin su trabajo. Yo sabía que el dibujante vivía de eso y no podía entregar sobre la fecha de entrega que tenía el dibujante. El guion tenía que ser entregado, revisado, corregido. Cuando miro para atrás, digo “esto yo no lo podría hacer”, pero como dice el proverbio: “como no sabía que era imposible, lo hice”.

MB – Evidentemente para cumplir con esa demanda de producción, uno necesita un método. ¿Cómo encara la página en blanco, teniendo que liquidar un guion, en tan poco tiempo?

AF – Primero, dejando de lado las historias unitarias, el grueso de mi producción eran series. Para cada una yo tenía un cuadernillo donde anotaba a dónde iba a ir el personaje, eso me servía de guía general. Entonces cuando me sentaba a escribir, no improvisaba. Obviamente iba cambiando cosas, pero llegaba un momento en que los personajes se manejaban solos. Pero tenía un método, sí. El cuadernillo decía, por cada mes: “septiembre: 2 Argón, 2 Kabul, 2 Hititas", etc… A medida que los iba haciendo, los tachaba. Aparte siempre tuve una biblioteca muy grande, no había internet. Columba tenía una redacción que revisaba todo. Yo tengo originales… Cuando Columba se fundió, me quedó debiendo veinte mil dólares. No podían pagarme. Me dijeron: “váyase al depósito y llévese todos los originales que quiera”. Fui con un rastrojero y me llevé varios originales, que después vendí. Pero me quedé algunas tapas de [Alfredo De] la María y otras cosas.

Algunos de los personajes creados por Armando Fernández
(Collage gentileza del blog "Columberos")

MB – Una de las cosas que me interesa preguntarle es cómo llegó a existir este libro, Lucho Inédito. ¿Cómo puede ser que haya tanto material inédito de Lucho Olivera, siendo uno de los dibujantes más importantes que tuvo la historieta argentina?


AF – Yo lo conocí bien a él. Vino muchas veces a casa, y yo fui a la de él. Hicimos cinco series juntos, aparte de los unitarios: El Hitita, Hércules, El Tiempo de Salomón, El Sobreviviente y Odisea Marciana. Para mí fue un genio. No te la traje, pero está por salir una biografía de Lucho, como la que hicieron de Martha Barnes. El mes que viene le van a realizar un homenaje.

MB – Y los originales, ¿los tenía usted en su casa?

AF – No. Esas historietas son inéditas en Argentina, pero ya se publicaron en Italia. Yo tengo mucho material de muchas cosas, he sido una especie de bibliotecario.

MB – Y en Italia, ¿dónde se publicaron? ¿En la Eura?

AF – Sí, en Skorpio. Yo debo haber publicado unas trescientas historietas en Italia, a través de [el editor Alfredo] Scutti. Algunas las tengo, algunas revistas me llegaron y las guardé.

MB – En el libro usted cuenta que escritores “con cierto prestigio” intentaron escribir historieta y fracasaron. ¿Por qué cree que pasó eso?

AF – La historieta es un lenguaje muy particular. ¿Vos conocés alguna escuela que enseñe a escribir guiones de historieta?

MB – Sí, conozco.

AF – [Risas] Dicen “bah, esto lo escribe cualquiera”, parecen chicos. Hubo muchos que festejaron la caída de Columba. Y Columba fue una escuela, que te permitía practicar y avanzar. Muchos de esos que se alegraron, después tuvieron que trabajar para Europa, Estados Unidos. Se le cerraron las puertas a las generaciones que vinieron. Sumado a la desaparición de Récord, otra gran editorial, desapareció lo masivo de la historieta.

MB – Hubo una transformación. Se pasó del quiosco a la librería, de lo popular y masivo, al nicho…

AF – Yo siempre marco una cosa que muchos pasan por alto. Columba no utilizó nunca la palabra historietas. Decían “novelas gráficas”. Vos comprabas un álbum de El Tony, de ciento cincuenta páginas, te sentabas en el micro a Mar del Plata y tenías para leer todo el camino. Mis hijas trabajaron en la redacción, eran las que tipiaban las cosas y puteaban como locas por la cantidad de texto. Ellas decían que no eran como las historietas de ahora, que son “PIM, PUM, PAM, ¡tomá!” y ya está. Nosotros construíamos tramas de novelas, que era lo que atrapaba al gran público.

MB – Ahora se usa el término novela gráfica con otro significado.

AF – Es lo mismo, es viejo el término.

MB – Se usa para hablar de historietas extensas en cantidad de páginas, con cierta unidad de sentido en el contenido, en general es asociado a ciertos géneros, como el autobiográfico…

AF – Yo te vuelvo a repetir, lo que hacíamos en Columba eran verdaderas novelas gráficas.

MB – Leí que usted decía que los guionistas deberían llamarse novelistas.

AF – Es que a mí no me costó nada pasar de la historieta a la novela. El que me abrió los ojos a mí con eso fue [Eugenio] Zappietro [que firmaba como Ray Collins]. Él escribió hasta el tomo número tres de la historia de la Policía Federal, es un monstruo. Yo le digo que él es mi maestro. Él me dice “me decís maestro y te pego”. 

Eugenio Zapiettro y Armando Fernández en 2012

Y yo, por influjo de él, escribí mi primera novela sobre la Guerra de Malvinas. Se llamó Carta a un Soldado de Malvinas, que ahora va a ser reeditada. Esa novela ganó el tercer premio de un concurso, que no implicaba dinero en metálico, pero sí la publicación. Al novelista le cuesta pasar a la historieta. A mí no me costó.

MB – Esa transición de la historieta a la novela es un recorrido común en la trayectoria de muchos guionistas.

AF – La historieta, tal como yo lo entiendo, como novela gráfica (no lo poco que he visto de los chicos de ahora). Cuando a mí me invitaron a la Bienal de Córdoba, organizada por la Revista Hortensia, empecé a pedir a los guionistas de Columba que me den su foto y un currículum y armé un panel con todos ellos. Porque todo el mundo iba a ver los dibujos, ¿Pero los guionistas? Y entonces la gente iba y decía… “Ah, este es [Pedro] Mazzino?”. También he sido un gran defensor de las mujeres en la historieta, que fueron ninguneadas.

MB – Ya que sacó el tema: usted escribió historietas para mujeres, dibujadas por mujeres y hasta firmando como mujer.

AF – Eso ocurrió por accidente. Un día Presa me dijo: “tenemos un inconveniente con Mazzino”. Mazzino era el capo de Intervalo, el setenta por ciento de los guiones los hacía él.

MB – Escribía para Intervalo y Fantasía, no tanto en El Tony o D’artagnan.

AF – Claro. Un gran escritor, olvidado por dedicarse al tema romántico. Yo hice el único reportaje que Don Ramón Columba dio en su vida. Y ahí él me contaba que, en la historia de Columba, la segunda revista más vendida fue Intervalo. Después, ninguneada.

MB – Evidencia de que había también muchas mujeres lectoras de historieta.

AF – Mazzino quería un aumento y estaba entregando menos guiones, que era lo peor que vos podías hacer en Columba. “Hemos hablado con otros guionistas” ([Ricardo] Ferrari, [Jorge Claudio] Morhain, etc.) y lo romántico no les iba, así que me puse a escribir. De los primeros cincuenta guiones que entregué, me devolvieron uno solo con correcciones. Yo no lo podía creer, porque escribir género romántico es la cosa más difícil que puede haber. Porque generalmente no hay trompadas, no hay piñas, no hay acción. Entonces, ¿Cómo mantenés el interés, la atención, en base a los diálogos? Es tremendo.

MB – ¿Cómo le encontró la vuelta a eso?

AF – Lo que hice fue leerlo a Mazzino, que era el que sabía. Ahí Presa me dijo: “Está escribiendo mucho como Armando Fernández, necesitamos que utilice algunos seudónimos, búsquese uno de mujer. Si usted no se lo busca, se lo ponemos nosotros”. Ahí dije “mirá si me ponen Eulesia Ramírez…”, entonces me puse Virginia, por una de mis hijas y Lang, por Fritz Lang, el maestro del cine alemán. Mis hijas trabajaban en la redacción de Columba, me contaban que llegaban cartas y me las leían. Y muchas mujeres elogiaban a Virginia Lang.

MB – ¿Qué decían esas cartas?

AF – “Cómo me entiende Virginia”… te cuento una anécdota con esta serie pasional: un día se la dan a Martha Barnes – yo la conocía bien a Martha, de hecho, la primer cosa que publiqué en Columba la dibujó ella -; la serie estaba firmada por Virginia Lang. Y no sé si por equivocación o por joder, le dieron mi teléfono. Me llamó y dijo: “Hola, Armando, ¿Cómo estás? Me dieron una miniserie pasional que me encantó, ¡qué bien escrita! Por una tal Virginia Lang, ¿Esa es una de tus hijas?”. Y yo le dije: “No, estás hablando con Virginia” [Risas]. Yo tenía una esposa y dos hijas, tres mujeres en casa ¿Cómo se pinta una mujer? “A ver, contame…” ¿Cómo se maquilla, cómo se peina…? Lo tenía todo ahí. Un día la encuentro a Laura Gulino llorando. Le habían dicho que no iba a tener más trabajo en Columba, estaba destrozada. La agarré, la llevé a la vuelta a tomar un café, la consolé y le dije: “Yo te voy a escribir una serie para vos”. Ella me respondió: “No, pero si saben que es para mí, no te van a dejar…”. Entonces hablé con mi hija, que me dio la gran idea de hacer una serie de adolescentes, que en Columba nunca hubo antes. “¿Y de dónde saco yo eso?” “De mí, yo tengo catorce años, te voy a contar lo que me pasa en el colegio, de quién estoy enamorada, con quién me peleo, etc.”. Si leíste Teenagers, recordarás que la protagonista quería ser diseñadora de moda, se llamaba Rocío. Esa es mi hija, después se graduó. Entonces entregué tres o cuatro capítulos. Un día le pregunté a [Jorge] Vasallo, que era el cedazo por el cual pasaban los guiones, qué le parecía Teenagers. “Está muy bien, aprobada, sígala”, dijo. “La sigo pero con una condición, que la dibuje Laura Gulino”. Se quedó mirándome con una cara, Vasallo… Mis hijas se tenían que aguantar muchos chistes de los compañeros porque el padre firmaba con nombre de mujer. Me preguntaban: “¿Papá, a vos no te molesta?” No, para mí es un triunfo. El hecho de que yo pueda cambiar, hacerle creer a los lectores que es una mujer la que está escribiendo, no lo puede hacer cualquiera.

MB – Me interesaba preguntarle cómo ve la situación de género en la industria hoy, se están organizando colectivos de historietistas mujeres, convenciones sobre historietistas mujeres… ¿Usted está en contacto con todo eso que está pasando?

AF – No, con las únicas que mantengo contacto, son Martha Barnes y Laura Gulino. Pero antes las mujeres tenían más oportunidades, cuando existían editoriales como Columba, donde hubo mujeres como Martha Barnes, que dibujaron de todo. Martha fue la única mujer argentina que publicó en Estados Unidos en esa época, cosa que muchos historietistas varones no lograban. Hizo historietas de terror, bélicas. 

Armando Fernández junto a Martha Barnes en 2012

Yo rescato mucho la labor de las historietistas argentinas, especialmente en el género romántico. Tengo el mayor respeto por la obra de mis colegas. Lo que no tolero es cuando empiezan las agresiones. Siempre dijeron que Columba fue una editorial fascista. ¿Vos creés que en Columba le preguntaban a los trabajadores cuáles eran las ideas políticas que tenían? No les importaba nada eso, les importaba que entregues tu trabajo. Había gente de ideas políticas de todos los calibres, y trabajaban todos juntos. El otro día me invitaron a Comicópolis, por este libro (La Guarida del Gusano Blanco, Comic.ar). Estuve con Tomás Coggiola y Sergio Ibáñez. Vi mucho material de editoriales independientes, cosa que me sorprendió, porque no las sigo, realmente no tengo tiempo. Tengo setenta y dos años y estoy jubilado, y estoy trabajando más en novelas ahora… escribiendo por pedido de mi editor, una sobre el Gauchito Gil y me van a pedir otra sobre Güemes en cualquier momento.

MB – Y para la novela histórica se tiene que documentar…

AF –  Yo utilizo un sistema, que no hago una novela sólo de historia. He desarrollado novelas con fondo histórico que mezclan lo fantástico con la historia. Tengo una que se llama Lobizón. Está ambientada en la guerra gaucha, donde el protagonista es un hombre lobo. Y tengo otra, que en algún momento la adaptaré en historieta, “El Fantasma del Río de La Plata”. Durante las invasiones inglesas, un oficial inglés es un vampiro.


MB – Veo que hay una bajada de línea clara, ahí. Una pregunta que quería hacerle era qué consideraciones tiene sobre lo que significa “el ser nacional” en la historieta.

AF – Significa recordar los mejores ejemplos que tenemos del pasado, no los peores. Ya hay mucha gente que habla de los peores. Yo quiero revalidar los héroes y las heroínas que existieron y nos legaron el país que tenemos. Tengo una historieta sobre la Conquista del Desierto y no trato mal a los indios. La historia del mundo está llena de esos choques de civilizaciones. En el far west los aniquilaron a los indios. La historia no es lo que queremos que haya sido, es lo que fue.


MB – Siempre me resultó curiosa la influencia del western en la gauchesca, siendo que esta se asume como el género nacional por excelencia…

AF – ¡Es que son muy parecidos! ¿Por qué? Porque ponés los soldados americanos peleando contra los apaches, las tribus americanas… Ponés a los nuestros peleando contra los tehuelches. Vas a encontrar muchísimos puntos de contacto. Una es la historia de cómo los Estados Unidos avanzaron hacia el Oeste, la otra de cómo nosotros avanzamos hacia el Sur.

MB – ¿Cuál cree entonces que es la necesidad de pensar una historieta nacional?

AF – Para mi punto de vista, implica poner héroes argentinos. Sean del pasado, del presente o del futuro. Hay algo que siempre me sonó incongruente, sin meterme en el aspecto político, he visto chicos jóvenes con la remera del Che Guevara, comprándose todas las historietas norteamericanas de superhéroes habidas y por haber. ¿No hay un contrasentido en eso? ¿No odian al imperialismo? Les venden propaganda. Los superhéroes son eso, son el famoso súper-hombre nazi. Es una cosa de penetración muy tremenda. Eso les hace desdeñar al Cabo Savino, a la historieta criolla… Crecemos sin identidad. Mi labor es difundir eso. San Martín cruzó la cordillera de los Andes, que fue una hazaña superior al cruce de Aníbal en los Alpes, peleando contra los romanos. La realidad bien entendida empieza por casa.

MB – Yo me marqué un recuadro del libro, que es una transcripción de un artículo publicado en la revista Soldados. Dice que en El Eternauta, el elemento aglutinador que une al pueblo contra el enemigo invasor es el Ejército Argentino.

AF – Eso aparece en la misma historieta. Pero esa frase sale de un reportaje que yo le hice a [Francisco] Solano López, son conceptos de Solano. Él estuvo en el Colegio Militar de la Nación. Si vos leés la historieta, está clarísimo en el Combate de River Plate: es la única fuerza organizada. Eso le cayó muy bien a la gente del Ejército, porque lo revalorizaba un poco. Pero me acuerdo que en Página 12, [Juan] Sasturain nos criticó mucho diciendo que el Ejército se quería apropiar de El Eternauta. Y no, estábamos hablando con el dibujante. Yo escribí la única historieta de Malvinas que dibujó Solano López.

MB – No conozco el artículo de Sasturain. A mí me llamó la atención lo que dice en el libro porque es una interpretación contraria a lo que el mismo Oesterheld escribe en el prólogo de la reedición posterior.

AF – No es una interpretación, es un detalle. El Oesterheld que escribe El Eternauta original, que para mí es una obra cumbre, no era el mismo Oesterheld. Era un tipo que creía en el Ejército Argentino, que tenía determinados valores que en ese momento, ya habían cambiado.

MB – Él en el prólogo expresa la famosa frase sobre que el único héroe válido es el héroe en grupo, no el que está solo.

AF – Esa idea él ya la tenía desde mucho antes, la había usado en el Sargento Kirk.

MB – A lo que voy es, ¿Para usted el héroe colectivo sería el Ejército Argentino en El Eternauta?

AF – No, la palabra es “elemento aglutinador”. Es un momento en particular en El Eternauta. Después todo lo demás es fantasía. Pero fue la expresión del dibujante, Solano lo puso así. Vuelvo a repetir, lamentablemente… no hay que mezclar una cosa con la otra.

MB – ¿Usted se refiere a la política con la obra?

AF – Es que la política lo ensucia todo, no sólo al Eternauta. He conocido grandes amigos que se han peleado por política, y antes de que surgieran todos estos temas eran grandes amigos. ¿Pelearse por quién? ¿Por los políticos? Yo tengo una modesta opinión sobre los políticos: son casi todos ladrones. De izquierda a derecha, de abajo hacia arriba. Si no, no estaríamos como estamos.

MB – Para mí se vuelve complicado no mezclarlos, cuando es el mismo autor el que se asume como artista comprometido.

AF – Es que no podés juzgar las dos obras con la misma medida, porque los tiempos son distintos. Ese no era el sentido del Eternauta original en el ‘57.

MB – Hay un pasaje del libro que dice: “Yo podía ser pobre, y tener algunas carencias materiales pero nadie podía prohibirme que tuviera sueños”. Atrás de esta frase, está la idea de escapismo que siempre estuvo relacionada al género de aventura. ¿Cree que la caída de popularidad del género se relaciona con la imposibilidad de escaparse en esta época?

AF –Cuando vos sos muy pobre, necesitás escaparte, no cambió eso. Pasa que ahora tenés teléfonos celulares, internet, toda una serie de cosas.

MB – Pero mi pregunta apuntaba a que el género literario de aventuras se desplazó desde el centro de la escena a la periferia.

AF – Puede ser, pero también pensá lo siguiente. Una editorial que quisiera ser masiva y publicara lo que se publica hoy, no podría serlo. Porque al público no le interesa eso. Hablo por lo poco que yo he visto. Reconozco que hay algunos valores muy prometedores.

MB – ¿Por ejemplo?

AF – No conozco los nombres, pero he leído algunas cosas que no tienen sentido. ¿Vos creés que al carnicero, al panadero, a la ama de casa, al eventual y posible comprador de esas historietas, le puede interesar algo que no tiene sentido? A nivel masivo, no. Todos quieren hacer historieta de élite, y eso es, por definición, para unos pocos. No puede ser redituable. No podés cobrar cuatrocientos pesos por un librito… Yo creo que fui el guionista más joven de la historieta argentina, publiqué mi primera historieta, “Conjura Siniestra”, a los catorce años, en la revista Casco de Acero. La dirigía otro joven de diecisiete años, se llamaba Andrés Cascioli. La segunda historieta que hice, fue una de cowboys que la dibujó él, fue la única que hizo del género. A los veinte entré a Columba. Él me siguió mandando cosas al taller para enmarcar y siempre me preguntaba si quería trabajar para Humor, Superhumor, etc. Pero nunca quise. Lo admiraba a Cascioli, pero no era lo mío. Cuando miro para atrás, digo “¿yo hice todo esto?” Y ya está hecho. Yo creo que en la vida lo que importa, es saber que los seres humanos nos vamos y lo que queda es la obra. Parafraseando a Gilgamesh, te diría que la inmortalidad del hombre es esa. Que alguien diga, “Armando Fernández, me acuerdo de cuando hacía comics…”, queda la memoria de eso. Tengo el orgullo de que nadie escribió nunca con mi nombre.

Portada de la primer historieta escrita por Armando Fernández

MB – Cuando en su libro habla del “desplome de Columba”, escribe: “La nueva jefatura que no quería a Wood, por razones privadas, prefirió el material de Trillo y Saccomanno que se había publicado en Italia. Y nada tenía que ver con los gustos de los lectores habituales de Columba.”. Esto me sorprendió mucho, desconozco por completo la situación.

AF – Las razones privadas no te las voy a contar, porque no corresponde. Era una mala época. Con todas sus revistas, Columba estaba sumando 50.000 ejemplares. Para Columba era un desastre. Ramón Columba tenía la mayoría de las acciones de la empresa y tuvo que vendérselas a un tipo al que no le interesaba la historieta. Nombró a una señora, profesora de Geografía, como directora. No lo querían a Robin Wood, empezaron a comprar material de afuera que el público de Columba no entendía. Mi hija me trajo una carta, que debo tener guardada, donde decía “mi familia compró Columba durante cuarenta años. Aquí les mando la última revista enrollada, para que se la metan (…)”. Querían poner comedia, otras cosas, que el público no quería. Yo les había dicho que hagan otra revista aparte para eso, porque el público cautivo no se toca. Otra idea que tuvieron estos “genios” de la empresa fue que vendieran la imprenta que tenían. Se sumaron una atrás de otra. Lo que existió durante más de setenta años, se desplomó. La industria de historieta y el futuro de muchos jóvenes maestros, que eran ayudantes de grandes dibujantes.

MB – ¿El libro La Guarida del Gusano Blanco se publicó afuera, también?

AF – No. Esto nació porque yo había hecho la versión para El Tony. Sergio Ibáñez la tenía entre ceja y ceja a esta historia, la quería dibujar. Vio la película de Ken Russell, que es un desastre, pero muy interesante. Ibáñez, que es profesor de literatura entre otras cosas, la quiso escribir y no le quedaba. Y me pidió que la haga porque había leído la versión que yo ya había hecho; se la mandamos a [Tomás] Coggiola. Nosotros ya habíamos publicado Nahuel Puma, una especie de joven Eternauta, en la revista Comic.ar, que quedó inconclusa. Y por pedido del editor sumamos otras historias de Bram Stoker.

MB – ¿Qué piensa del difuminado digital? ¿No extraña la impresión offset a cuatro colores, la tipografía de máquina?

AF – Le da un efecto tremendo, me encanta. Son dos cosas distintas. Si vos mirás lo de Columba, comparado con las publicaciones americanas, la impresión es de una calidad muy pobre. Pero era lo que teníamos.

MB – ¿No cree que ahí pueda encontrarse el origen del prejuicio sobre Columba?

AF – Cuando apareció Skorpio, era una joya a nivel estético. Pero lo que nunca fue es popular y masiva. Entonces cuando alguien viene a enjuiciar a Columba desde el punto de vista de lo artístico, lo que no termina de comprender es que Columba no hacía hincapié en lo artístico, sino en lo popular. Lo que le interesaba era vender. En los años cincuenta El Tony era semanal y vendía 300.000 ejemplares. La historieta más exitosa de Columba fue El León de Francia de Fernand [Fernando Fernández Eyré], con un dibujante que nunca aprendió a clavar un personaje. Era la época del radio teatro, la gente no tenía televisión. Yo me acuerdo de mi vieja planchando la ropa, con la radio prendida, escuchando Nazareno Cruz y el Lobo, y yo tomaba notas. Y después poder ver eso en historieta era sensacional.

MB – ¿Con las licencias de películas también tomaban notas, no les enviaban los guiones, no?

AF – Hay dos detalles. Yo hice la versión de Conan, con [Eduardo] Barreto. La vimos en función privada, Vasallo, Barreto y yo, tomando notas. Mi método era tomar notas y después escribirla enseguida mientras tenía el recuerdo fresco. El artista tenía que tomar las caras de los actores, eran muy conocidos. El producto terminado resultaba bastante parecido a las películas. A algunos les gustaban más algunas adaptaciones que las películas, porque las elaborábamos un poco más. A veces también me traían las imágenes de una historieta que ya había salido publicada, con los globitos en blanco y me pedían que los reescriba. Yo tenía que imaginarme un guión.


Portadas del Conan de Armando y Barreto

MB –  Esa era la forma en que escribía Stan Lee, el “método Marvel”. Pero lo estaban usando para reciclar material. ¿Alguna vez hizo el ejercicio de comparar el resultado terminado con el guion original?

AF – Sí. No tenían nada que ver. Te terminabas yendo para otro lado. Por supuesto dependía de las imágenes. Si tenías una escena de crimen, ibas a escribir eso. Pero los diálogos iban cambiando. Eso me dio un profesionalismo de la gran flauta. Yo considero que pertenecí a la segunda edad de oro de la historieta argentina. La primera fue hasta los cincuenta. La segunda del sesenta y pico a los noventa. Y bueno, ese es mi testimonio…

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Armando falleció hace 2 años, justo en el Día del Escritor. Lo recuerdo con mucho cariño, por todo el amor que demostraba hacia el mundo de la historieta argentina, y en especial a la vieja y querida Editorial Columba. Fue siempre muy amable y atento conmigo, respondió cartas, fotocopió y envió por correo un episodio faltante de Wolf, me obsequió una pintura enmarcada original de Jorge Zaffino, hizo el contacto para poder comunicarme con el querido Rubén Meriggi… y hasta pude sentarme a tomar una cerveza con el mismísimo Robin Wood… Todo un logro para un joven fan de Columba que venía desde Rosario sin conocer toda una historia gigantesca detrás de estos grandes protagonistas de la historieta nacional. Este es mi humilde homenaje recordando su memoria, y su prolífica pluma, que nos ha permitido viajar junto a legendarios personajes por innumerables lugares fantásticos, a través del tiempo, durante tantos años… Estás siempre en el recuerdo, Armando querido!

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Retrato original de Wolf por Jorge Zaffino, enmarcado y obsequiado
por Armando Fernández en Fantabaires `98

Dedicatoria del cuadro de Zaffino por Armando Fernández



Armando junto a Walter Alarcón y Rubén Meriggi,
el trío que firmó varias sagas de Wolf